Nuestras funciones cognitivas. Lo que destruye el Alzheimer.

14 Nov

Las personas con demencia sufren la pérdida o disminución (déficit) de varias funciones cognitivas, siendo lo más frecuente la pérdida de memoria sumada a la de algunas otras. En total, las funciones cognitivas son las siguientes:

(1) Memoria y aprendizaje: la memoria incluye la capacidad para el recuerdo de hechos cotidianos recientes y para la evocación de personas o sucesos, relacionados con la propia vida. Asimismo, incluye la utilización de los conocimientos adquiridos y la capacidad para el aprendizaje de otros nuevos. Una persona que pierde memoria sufre amnesia. Al principio, en la enfermedad de Alzheimer falla el recuerdo de hechos recientes, por ejemplo, el paciente olvida lo que alguien le ha dicho poco tiempo antes. De esta forma, pierde la capacidad para adquirir nuevos conocimientos y para captar los cambios del mundo presente. Por eso se aferran al pasado, que tardará más tiempo en desvanecerse. Los recuerdos del pasado, que se conservan mejor grabados, los repite, con lujo de detalles, una y otra vez, olvidando que ya los ha contado antes.

(2) Lenguaje: en el aspecto verbal, puede haber dos problemas, dificultad para comprender las ideas que trasmiten los demás, a través de lenguaje, o dificultad para expresar el pensamiento por medio de palabras. La pérdida de lenguaje en general se llama afasia. La pérdida de la articulación del habla, por algún defecto motor en la boca, que impide pronunciar correctamente, es un problema diferente y se conoce como disartria.

(3) Praxias: son acciones aprendidas que hemos automatizado para su reproducción inmediata cuando las necesitamos. Unas veces son gestos corporales para expresar intenciones y, otras, actos motores para manejar objetos en la realización de tareas útiles y habituales. Estas habilidades no son innatas, como la marcha, que se activa de manera automática al llegar el niño a una determinada maduración. Las praxias son acciones que tras el aprendizaje han quedado memorizadas en nuestro cerebro. Las utilizamos todos los días como lenguaje corporal y herramienta para actividades múltiples. Bien es verdad, que las hacemos mejor y más cómodamente cuando ponemos la atención justa en su realización, pero no una excesiva concentración o gasto de energía en ellas, porque entonces pierden espontaneidad y naturalidad. Sin embargo, mejora su realización con la frecuencia de uso. Así pasa con los gestos. Sabemos decir adiós con la mano, o pedir silencio llevándonos un dedo a la boca y utilizamos estos gestos cuando llega el caso sin tener que pensar en cómo hacerlos, usando la cara y, sobre todo, con la mano diestra. Pero las personas que trabajan de cara al público, como actores, presentadores y agentes de venta directa hacen esos y otros gestos mucho mejor y sobre todo de forma más convincente. En cuanto a las acciones aprendidas, van de las más sencillas como vestirse, peinarse, comer con cubiertos o atarse los cordones de los zapatos, a otras más complejas, como representar una figura mental a través de un dibujo sencillo (dibujar un niño, un árbol o una casa) o copiar un modelo que proponga el examinador. Todas estas habilidades implican acciones en las que se utilizan la cara y las manos (sobre todo la diestra), pero alguna vez también los pies (botar un balón repetidamente sobre el empeine, sin dejarlo caer, como hacen los futbolistas). La pérdida de estas habilidades se conoce como apraxia.

(4) Reconocimiento visual y espacial de personas, objetos o medio ambiente, desde diferentes posiciones y bajo diversas circunstancias. Ejemplos: capacidad para reconocer a personas conocidas, aunque no las hayamos visto desde hace tiempo y haya cambiado su aspecto y su vestimenta. Lo mismo respecto a reconocer paisajes modificados o transformados desde la última vez que los vimos. Basta un pequeño detalle que estimule nuestro recuerdo para saber qué cambios han sobrevenido. Tenemos, por otra parte, ideas visuales generales de muchos objetos que utilizamos a diario. Sabemos lo que son una mesa o una silla, por muy diferentes formas o colores que presenten y aunque no hayamos visto un modelo concreto antes. Los ciegos desarrollan capacidades semejantes a los videntes valiéndose de la información que les llega por otros sentidos, como oído y tacto. La pérdida de estas habilidades, en general, se conoce como agnosia y las denominaciones son diversas según la característica o modalidad afectada (agnosia visual, agnosia visuoespacial, etc.).

(5) Atención: es un estado de vigilancia especial que se mantiene, sobre todo, cuando el sujeto tiene interés por lo que ve o escucha, sea personas, animales o fenómenos medioambientales. La concentración es la atención focalizada en una tarea y sostenida en el tiempo. Por ejemplo, la del controlador de vuelos delante de la pantalla de radar, con los aviones volando; o la del cazador que acecha la presa que pretende capturar. También la atención es ese esfuerzo mental con el que uno escucha a otra persona, aunque no le interese el tema, como muestra de cortesía. El tiempo de procesamiento mental es todo el que transcurre desde que el sujeto recibe una información hasta que produce una respuesta. Aunque la atención no es más que una parte de todo ese proceso, influye mucho en la velocidad del pensamiento. Cuando una persona tiene disminuida la atención, usamos varios nombres para designarlo. Coloquialmente se dice que el sujeto está “espeso” y la causa más frecuente es la fatiga mental, por falta de sueño. El término más sencillo es inatención y el más médico y complicado, bradipsiquia (discurrir o pensar con lentitud).

(6) Juicio y razonamiento: son dos capacidades mentales próximas. El juicio es la habilidad para saber elegir entre varias opciones o situaciones la más acertada, en función de los datos disponibles en un momento dado. Se pone como ejemplo el juicio de Salomón. El razonamiento es la reflexión que nos conduce de una evidencia a otra. El juicio es siempre un ejercicio de realidad, que supone tener delante elementos objetivos y reales sobre los que tomar la decisión más acertada. A menudo la realidad que observamos o conocemos es incompleta, por lo que la certeza del juicio siempre tiene un riesgo de error, por muy bien que se razone. La persona juiciosa tiende a equivocarse cada vez menos, porque obtiene experiencia de sus errores anteriores y utiliza ese recuerdo para mejorar las decisiones que tomará en el futuro. En ese caso, no solo es memoria lo que almacena, es algo más. La experiencia es como una memoria que almacena decisiones acertadas y erróneas y la capacidad para distinguir entre ambas por muy parecidos aspectos que presenten lo verdadero y lo falso. Cuando un sujeto advierte que se ha equivocado, trata de corregir el error y encontrar la solución acertada, aunque sea de segunda intención. Y, antes de tomar otra nueva decisión, reflexiona entre las alternativas posibles para encontrar la más acertada. La falta de reflexión usando los materiales de la experiencia hace que algunas personas tomen, una y otra vez, decisiones desacertadas, en perjuicio suyo y de quienes viven con ellos. Muchas veces la deficiente percepción de la realidad o la ausencia de juicio se rellena con elementos fantásticos (fabulaciones) con los que el sujeto construye una falsa realidad, un delirio, que puede promover actuaciones inapropiadas en quien lo padece.

(7) Funciones ejecutivas: capacidad combinada para planificar, organizar y realizar una acción, que previamente hemos aceptado, motivados por su conveniencia. Esto supone tener, por una parte, objetivos claros y fijos y, a la vez, estrategias flexibles para lograr los resultados apetecidos. Por poner un ejemplo, es como el navegante de un barco de vela que se marca un destino y aprovecha todos los vientos para llegar a su meta. Aunque unos desvíen su rumbo, se vale de otros para corregirlo y, al final, llegar a buen puerto. La función ejecutiva es compleja: hay atención, motivación, esfuerzo para emprender algo y para sostenerlo a lo largo del itinerario, empujando unas veces y esperando o corrigiendo otras el camino emprendido, hasta conseguir lo que se ha seleccionado con tanto interés. Cuando fallan estas funciones directivas del individuo hablamos de disfunción ejecutiva. Lo primero que se observa en el comportamiento es apatía, que se define como falta de motivación o desinterés afectivo para llevar a cabo conductas dirigidas a un objetivo, sin que haya disminuido la conciencia de los estímulos emocionales. A veces hay abulia, que es la falta de voluntad y energía para persistir en las tareas programadas. En otras ocasiones, lo que predominan son las alteraciones de conducta con desinhibición (actuar sin reflexión ni control de los propios impulsos), desorganización (no tener las ideas claras sobre cómo es la propia situación o no saber elegir en cada momento la opción adecuada), indecisión (no parar de darle vueltas a lo que se debería hacer sin llegar a hacerlo) y las consecuencias de todo ello: desaseo (no cambiarse de ropa), dejadez (no hacer la cama ni la limpieza de la casa), escapismo (querer salir de casa a toda costa), errabundismo (ponerse a caminar sin rumbo, muchas veces después de haberse fugado de casa), etc.

(8) Habilidades sociales: hay personas que tienen facilidad para el contacto social y otras que parecen sentirse incómodas tratando con otros. Es una cuestión de personalidad y a los primeros los llamamos desenvueltos y a los segundos tímidos, pudiendo darse extremos patológicos en ambos sentidos. Pero aquí nos referimos a la calidad de las actuaciones del individuo, a sus hábitos sociales o maneras de actuar que le permiten ser reconocido en la comunidad donde vive, como individuo de confianza. Naturalmente, tiene que darse dentro de una sociedad bien estructurada, porque si el grupo social es marginal o está dominado por minorías que imponen conductas radicales, ser aceptado no es ningún mérito. El individuo bien aceptado en una sociedad estructurada sabe conducirse con corrección, respeta las normas sociales, tiene seguridad en sí mismo, evita sobresalir y facilita el desarrollo de la vida de los demás. Hay individuos que destacan por su conducta prosocial y son estimados porque atienden las necesidades de otros cuando se encuentran en apuros, mediante presencia, consejo o ayuda, igual que evitan las tensiones y conflictos sociales que incomodan al bienestar común. En todos los casos habría que añadir que hacen las cosas lo mejor posible, porque nadie puede resolver todos los problemas que se le presentan. El altruismo es una actitud generosa hacia los demás, que lleva a procurar el bien ajeno aún a costa del propio interés. Pero a nadie se le puede pedir llevar el beneficio de los demás al extremo de perjudicar seriamente su propio interés, porque eso ya es heroísmo y eso está fuera del comportamiento común. Lo mismo que hay personas con sociabilidad normal o elevada, también hay otras con comportamiento asocial. No cuentan para ellos los asuntos sociales que atañen a los demás. Los niños con autismo y los adultos con determinados trastornos cerebrales presentan comportamientos asociales. No aprecian las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, un niño que padece autismo entra en una cafetería con sed o hambre y viendo en una mesa un vaso y un pincho, toma lo uno o lo otro, sin reparar en que alguien lo ha pedido e iba a tomárselo. Tales pacientes pueden sufrir, además del trastorno, un injusto rechazo social. Otra cosa distinta es la conducta antisocial, que se cita aquí para diferenciarla de la anterior. El individuo antisocial busca satisfacer las propias apetencias en contra de los derechos e intereses de los demás, casi siempre con disimulo y engaño de la finalidad que pretende, pero a veces con menosprecio, burla o matonismo, todo lo cual es delictivo.


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