Factores involucrados en el Alzheimer

7 Abr

26. ¿Qué papel juega la genética en la enfermedad de Alzheimer?

No pasan del 1 % los casos de herencia obligada por genética dominante. La mayoría son esporádicos, donde lo hereditario solo es un factor de riesgo más en interacción con el medio ambiente.

La información genética con todas las características y funciones que desarrolla el organismo está almacenada en el ADN (siglas de ácido desoxirribonucleico, DNA en inglés), nombre químico de la molécula que en forma de doble hélice está enrollada y empaquetada constituyendo los cromosomas, que se alojan dentro del núcleo de cada célula. Los genes son fragmentos del ADN que contienen un paquete de información funcional. Hay unos 30.000 en el genoma (conjunto de genes) humano y se disponen unos a continuación de otros. Cada gen tiene un par de alelos o variantes del gen, uno procedente de cada progenitor. Los genes que mejor se conocen son los que codifican proteínas.

Las formas familiares o de herencia obligada en la enfermedad de Alzheimer afectan al 1 % de los casos. Se trata de mutaciones en el gen PPA (proteína precursora de β-amiloide) o en los genes PSEN1 y PSEN2 (presenilinas). Una mutación es un cambio en la molécula del gen que da lugar a la producción de una proteína defectuosa en el citoplasma de la célula. Todas estas mutaciones originan una herencia autosomal dominante, es decir, que si un progenitor tiene una de estas anomalías en el gen, la proporción de la transmisión a los hijos es del 50 %. La mitad de la descendencia padecerá la enfermedad de Alzheimer, a una edad mucho más temprana que los casos habituales y generalmente cuando son adultos jóvenes.

Cada célula humana contiene 46 cromosomas, que se agrupan en 23 pares de cromosomas: 22 cromosomas duplicados, llamados autosomas + 1 par de cromosomas sexuales, que son diferentes en el varón (y se denominan XY) e iguales en la mujer (XX). La célula inicial del individuo, que es el huevo, producto de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide, recibe como dotación cromosómica la mitad de cada parte. En el nuevo ser cada par de cromosomas está compuesto por uno del padre y otro de la madre. Cada vez que una célula madre se divide y forma dos células hijas, la dotación cromosómica de la célula madre se replica para pasar una misma copia a cada célula hija. Tantas divisiones celulares en el organismo y tan poderosas influencias del medio ambiente sobre el individuo acaban por producir pequeños cambios estructurales en su ADN. Muchos de esos cambios son corregidos por los mecanismos reparadores de las propias células, pero otros permanecen en forma de mutaciones de los genes y generan enfermedades, que se trasmiten genéticamente.

El gen PPA está ubicado normalmente en el cromosoma 21 y contiene la información pertinente para que la célula fabrique la proteína correspondiente. Esta proteína se encuentra en la membrana de la neurona y juega un papel primordial en el transporte de materiales dentro de la misma. En el síndrome de Down hay tres cromosomas en lugar de dos, en el par numerado como 21. La trisomía cromosómica da lugar a una serie de alteraciones morfológicas y problemas de salud, entre los que está padecer, en una alta proporción, al llegar a la edad adulta, la enfermedad de Alzheimer. También sucede al revés, que algunos pacientes con Alzheimer presentan en algunas de sus células trisomías u otros cambios en el cromosoma 21 que alteran el funcionamiento del gen PPA.

La inmensa mayoría de casos de Alzheimer son esporádicos. Esto quiere decir que la herencia no es determinante y lo hereditario solo juega un papel como factor de riesgo. Hay más de 20 genes implicados en el Alzheimer, pero no basta con la alteración de uno de ellos para producir la enfermedad. Se requieren combinaciones que no conocemos y exposición a factores ambientales, de los que el envejecimiento es el más común. De esos genes de riesgo, el mejor conocido es el gen APOE, que codifica apolipoproteínas transportadoras de lípidos en sangre. El gen tiene tres variantes (genotipos) en la población humana: ε2, ε3 y ε4. El alelo ε4 es un factor de riesgo significativo tanto para el Alzheimer de comienzo tardío como para la demencia vascular, aunque el otro alelo del gen sea distinto (gen heterocigoto). Comparando cerebros de autopsias, en personas fallecidas entre 30 y 50 años sin ninguna síntoma de deterioro cognitivo, la proporción de cerebros con incipiente depósito de péptido β-amiloide era mayor en los portadores de un alelo APOE ε4 que en los no portadores. Naturalmente, el riesgo de padecer Alzheimer aumenta cuando el alelo que aportó cada progenitor es el mismo y el individuo es portador de un gen homocigoto, es decir (ε4/ε4).

Sin embargo, riesgo no quiere decir padecimiento obligado. De ahí que no sea útil la determinación para el diagnóstico clínico. Se han recuperado, hace pocos años, fragmentos del tejido cerebral de la paciente Frau Auguste, a partir de las preparaciones microscópicas que estudió el propio Dr. Alzheimer. Se ha estudiado su genética molecular y se ha comprobado que ninguno de los dos alelos del gen APOE era ε4. La conservación de la historia clínica y las láminas histopatológicas, a pesar de dos guerras mundiales, dice bastante del respeto alemán por la ciencia.

           27. ¿Qué papel juega el género en la enfermedad de Alzheimer?

No es más propensa la mujer que el hombre a padecer Alzheimer.

La incidencia de demencia en general, incluida la enfermedad de Alzheimer, aumenta con la edad, con una progresión significativa a partir de los 60 años. En la mayoría de países occidentales, es más numeroso el grupo de mujeres mayores con Alzheimer que el de hombres. La diferencia entre ambos sexos es pequeña en el primer tramo de la jubilación, entre los 65 y 75 años, pero después de los 85 el número de mujeres con Alzheimer es más elevado que el de hombres. La mayor supervivencia de la mujer se relaciona sin duda con que la enfermedad sea más prevalente en ella a edades avanzadas, pero no lo explica todo.

La menopausia prematura, situación que sucede cuando la mujer tiene la última menstruación antes de los 40 años, es un factor de riesgo para el deterioro cognitivo y el Alzheimer, además de serlo para otras enfermedades como la cardiovascular y la osteoporosis. Frecuentemente se trata de mujeres sometidas a histerectomía ampliada con extirpación ovárica por causas médicas. Pueden recibir temporalmente suplemento hormonal para el tratamiento de algunos síntomas de la menopausia.

La menopausia natural no se asocia con cambios objetivos del declinar cognitivo. Tampoco parece aumentar el riesgo a padecer Alzheimer. Los estrógenos no mejoran la cognición ni previenen el Alzheimer. Su administración crónica está contraindicada además por añadir, a partir de determinada edad, riesgos tromboembólico y cancerígeno (cáncer femenino de mama y endometrio).

Desde hace pocas décadas, por influencia de los movimientos feministas, se han separado los conceptos de sexo y género. Si el primero trata de las diferencias biológicas que la naturaleza establece entre los sexos, la ideología de género se refiere a los roles sociales que la sociedad atribuye a hombres y mujeres. El feminismo lucha por cambiar la tradición patriarcal (hogar, familia e hijos) en favor de la liberación económica y social de la mujer (igualdad de la mujer respecto al hombre respecto a educación y formación, empleo y salario, cuidado de hijos y familiares con dependencia, etc.). En los países occidentales, el nivel educativo y social de la mujer se ha aproximado mucho a la igualdad en las últimas décadas, pero, en bastantes países del tercer mundo, la tasa de alfabetización y las oportunidades para la mujer, fuera del papel tradicional, son muy inferiores. Sin duda, la reserva cognitiva (basada en la educación y adquisición de cultura) es un factor protector frente al Alzheimer, medios de formación a los que no han tenido las mujeres las mismas facilidades de acceso en todas las partes ni en todas las épocas.

El llamado estudio de las monjas fue realizado por David Snowdon, a finales del pasado siglo en una comunidad de Hermanas de Notre-Dame, congregación católica que reside cerca de Minneápolis, en Estados Unidos. Las condiciones de vida en el convento eran similares para todas las monjas. Se mantenían muy activas todo el día y la mayoría alcanzaba una edad avanzada. Una de las tareas que asumían desde el noviciado consistía en escribir un diario de sus vivencias espirituales. Donaron sus cerebros a la ciencia y otorgaron permiso para consultar sus diarios cuando fallecieran. Estudiando los cerebros, se pudo correlacionar que las monjas que no tenían lesiones vasculares habían fallecido sin síntomas de demencia, aunque tuvieran muchas lesiones típicas de Alzheimer. Por otra parte, aquellas que redactaban sus diarios con un lenguaje más rico, porque habían cursado estudios durante su juventud, también eran menos propensas en la vejez a la demencia. El estudio sirvió para enfatizar que la enfermedad vascular anticipa y potencia el Alzheimer y que las personas con mayor reserva cognitiva son más resistentes a la enfermedad.

28. ¿Qué papel juega el envejecimiento en la enfermedad de Alzheimer?

Todas las enfermedades neurodegenerativas, de las que el Alzheimer es el principal exponente, están relacionadas con el envejecimiento.

El envejecimiento es el proceso biológico que abarca desde que el organismo ha alcanzado su máxima capacidad hasta el final de la vida. Se caracteriza por la pérdida gradual de los caracteres que han marcado la plenitud del sujeto, entre los que están: fuerza, resistencia, agilidad y aspecto corporal. Todos sufren una transformación lenta, pero continuada, y una degradación estructural y funcional. No existe un biomarcador concreto del envejecimiento. La edad es una aproximación, pero hay muchas diferencias entre el envejecimiento de unos individuos y otros de igual edad. Existen datos comprobados de muchas personas en el mundo que han llegado a centenarias. Por ahora el límite máximo confirmado lo tiene una señora francesa, Jeanne Calment, que alcanzó los 122 años y se mantuvo en forma hasta poco tiempo antes de su fallecimiento, en 1997. Este sería un buen modelo natural. Disfrutar con plenitud de la vida hasta su propio límite, alcanzando ese extremo sin enfermedad, o conociéndola solo de pasada, poco antes del final. Los países occidentales, como el nuestro (entre los de la Europa de Sur), y orientales, como Japón son buenos lugares para el estudio del envejecimiento, por la cantidad cada vez mayor de octogenarios que viven en ellos.

Cicerón, un filósofo y orador romano que vivió en el siglo I antes de Cristo, en un pasaje de su libro De Senectute (Sobre la vejez) describe a Masinisa (un caudillo africano aliado de Roma) con estas palabras: “Con sus noventa años va a pie a todas partes, jamás va a caballo, y, si monta a caballo, nunca se apea de él aunque llueva o hiele… Disfruta de una salud robusta que le permite cumplir con sus obligaciones de rey. Puede ser que el ejercicio y la templanza le ayuden a conservar parte del vigor de la juventud en su ancianidad”. En otro pasaje señala: “Prescindiendo de intereses intelectuales, puedo citar el nombre de muchos romanos rústicos, procedentes del campo, vecinos, familiares míos, quienes jamás están ausentes de las faenas propias del agricultor, como la siembra, la siega o la recolección de los frutos… Nadie se considera tan viejo que no piense que puede vivir un año más trabajando sus campos y, aunque lo probable fuera que no llegara a ver sus frutos, seguiría haciendo lo mismo, como recomienda nuestro Estacio: “Planta árboles para que los disfruten las generaciones venideras”. Y, finalmente, reflexiona: “Con el mismo ahínco que se lucha contra la enfermedad, se debe luchar contra la vejez. Se ha de cuidar la salud, se debe hacer ejercicio moderadamente y tomar alimentos y beber en la medida necesaria para reparar las fuerzas, pero con templanza. Pues una cosa y otra han de ser remedios saludables para el cuerpo y aún más para la mente. Tanto la mente como el cuerpo son como una lámpara que se extingue si no se alimenta gota a gota. Cuando en la vejez los cuerpos se fatigan con el ejercicio, el espíritu, en cambio, se hace más sutil con el adiestramiento mental”.

La esperanza de vida al nacer es el promedio de años de vida de un recién nacido según la probabilidad de muerte prevaleciente en el momento de su nacimiento. La esperanza de vida aplicada a cualquier persona y momento dado, es la edad que espera alcanzar en el caso de mantenerse las vigentes tasas de mortalidad. En nuestro país aumenta constantemente gracias a la higiene, la medicina y el nivel socioeconómico alcanzado. Las mujeres disfrutan de una esperanza de vida superior a la de los hombres. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), alcanzará para los hombres los 84 años y para las mujeres los 88,7 en el año 2029, lo que supone una ganancia de 4 y de 3 años respectivamente, respecto a los valores actuales.

Pasada la plenitud, a partir de los 40 o 50 años, empieza muy lentamente el envejecimiento. A diferencia del crecimiento, que es el proceso opuesto y viene genéticamente muy programado, el envejecimiento es más variable y su evolución depende, en buena parte, de los estilos de vida que hayan seguido los individuos durante mucho tiempo. En condiciones estándar, podemos influir poco en la talla, los rasgos físicos o el desarrollo de los caracteres sexuales; sin embargo, si nos cuidamos, podemos retrasar y enlentecer el envejecimiento y conservar un aspecto más juvenil. Claro está que lo importante no es aumentar el número de años, sino la extensión del período de vida saludable. Desde el punto de vista práctico, un envejecimiento saludable sería pasar la raya de la jubilación sin enfermedades y con ganas de seguir activos.

Las células se dividen a lo largo de la vida múltiples veces, según los órganos y tejidos. Esta renovación, o senescencia replicativa, tiene un límite, que está alrededor de las 40 o 50 replicaciones. Toda célula madre de cualquier tejido para para generar dos células hijas tiene primero que duplicar sus cromosomas y después dividirlos, para proporcionar a cada célula nueva la misma dotación cromosómica. Solo las células germinales (espermatozoide y óvulo) producidas en los órganos sexuales tienen, cada una, la mitad de la dotación cromosómica, para componer entre ambas (fecundación) la dotación completa del nuevo ser (huevo). La división cromosómica es un proceso complejo durante el cual pueden producirse mutaciones o cambios en los genes (partes del cromosoma, que juegan un papel importante en la herencia). Cada cromosoma tiene en sus partes extremas los telómeros (del griego telos = extremo, y meros = parte). Son estructuras de ADN (ácido desoxirribonucleico) que no contienen genes. Su misión consiste en marcar el límite de las replicaciones. Cuando se duplica el cromosoma en cada división celular, la parte del final no se duplica. Por lo tanto, cada célula hija “nace” cada vez con unos telómeros más cortos y menor capacidad replicativa. Hay una enzima, la telomerasa, que impide el acortamiento de los telómeros y confiere a las células mayor supervivencia. El acortamiento de los telómeros va en paralelo con el envejecimiento celular. Los individuos longevos tienen telómeros más largos que los que no llegan a esa edad. Enfermedades como la diabetes mal controlada y la inflamación crónica acortan los telómeros y aceleran el envejecimiento. En sentido contrario, otra desviación hacia el envejecimiento es la transformación maligna de los genes con la activación simultánea de la telomerasa. Las células cancerosas se vuelven inmortales y continuarán replicándose, sin reducción de los telómeros, hasta que la invasión tumoral finalice con la vida del organismo.

Sin embargo, contamos con evidencias que señalan que es posible frenar el envejecimiento y aplazar sus complicaciones, tanto las derivadas del agotamiento como de la transformación maligna de las células. Esto puede lograrse con los estilos de vida saludable, basados en la dieta y el ejercicio regular.

Todo el organismo envejece a la vez, pero las enfermedades pueden surgir en diferentes partes del mismo. Las cuatro grandes enfermedades que ocurren durante el envejecimiento son:

(1) Las enfermedades cardiovasculares (infartos de miocardio, ictus, etc.).

(2) El cáncer.

(3) Las enfermedades degenerativas músculo-esqueléticas (artrosis, osteoporosis, etc.).

(4) Las enfermedades neurodegenerativas, de las que la principal exponente es el Alzheimer.

Las células desgastan su maquinaria según la calidad de materiales recibidos (genética), el tiempo de utilización (edad), exposición a agentes medioambientales: infecciones, tóxicos de consumo (grasas trans, tabaco, drogas, etc.), tóxicos ambientales (pesticidas, polución, etc.), agentes externos (irradiación solar, etc.) y formas de vida (dieta, ritmos de sueño, ejercicio y estrés). El cuerpo, como cualquier otra máquina, dura más y se mantiene mejor conservado, según el trato que reciba. En el Alzheimer, las células dañadas son las neuronas de la corteza cerebral e independientemente de que no conozcamos el proceso en sí, podemos establecer paralelismos con otros procesos de envejecimiento. Si en un mismo individuo el cerebro está afectado por dos enfermedades degenerativas, como son la arterioesclerosis y el Alzheimer, las consecuencias van a ser mucho peores que si padece una sola. El envejecimiento y la muerte son dos procesos inevitables. Pero el envejecimiento es largo y no está tan programado genéticamente como el crecimiento. Podemos retrasar su evolución y ganar años de vida saludable. Se logra entonces un período de vida muy interesante, donde uno puede hacer casi todo lo que le gusta, con la experiencia de saber lo que vale la pena y lo que no merece dedicación de tiempo, liberado de las obligaciones del trabajo y la crianza de los hijos, años que pueden ser muy fructíferos en calidad de vida. Del mismo modo, podemos aplazar las consecuencias desfavorables del envejecimiento, que son las enfermedades citadas. Pero para todo ello hay que aplicar seriamente criterios de prevención, que será tanto más efectiva cuanto más temprano empiece cada uno a tomarse su propia vida en serio.

  29. ¿Qué papel juegan las células madre en la enfermedad de Alzheimer?

Se supone que el comienzo de la enfermedad de Alzheimer tenga alguna relación con el agotamiento de las células madre para la renovación de neuronas en el hipocampo cerebral.

Todas las células nerviosas se generan a partir de una matriz nerviosa en el embrión. Las neuronas del cerebro, que son las células con funciones más diferenciadas, emigran en gran número desde la matriz periventricular a la corteza. Allí se diferencian expandiendo sus prolongaciones y estableciendo conexiones (sinapsis) al contactar con otras neuronas. A partir de las conexiones se crean circuitos funcionales. Se nace con mayor número de neuronas de las que se tiene de adulto. Hay una poda neuronal en la temprana infancia que reduce el número de neuronas en favor del incremento de contactos sinápticos. La dotación neuronal restante permanece toda la vida, salvo las pérdidas. Si no se produce la poda a su tiempo, no se desarrollan los circuitos adecuados y surge el autismo infantil. Desarrollo es un concepto amplio que quiere decir evolución y progresión. En el individuo se identifica con la etapa de crecimiento físico y maduración mental hasta el final de la adolescencia. Neurodesarrollo es un concepto más biológico y se refiere a las etapas por las que pasan las neuronas, desde su generación hasta que se completa la dotación del individuo, en la infancia.

La neuroplasticidad es la propiedad del sistema nervioso de moldear y mejorar funciones mediante la creación de nuevos contactos y eliminación de sinapsis obsoletas. Ambas propiedades, generación y destrucción de sinapsis, son complementarias, ya que el número total de sinapsis como el de neuronas es limitado. La renovación y remodelación de sinapsis se mantiene toda la vida y se favorece por la adquisición de conocimientos, habilidades y experiencias.

Hasta hace pocas décadas, se creía que todas las células del organismo se renovaban múltiples veces a lo largo de la vida, excepto las neuronas, cuyas pérdidas no se restituían para preservar la identidad del individuo. Sin embargo, el cerebro dispone de dos pequeños focos de células madre, que se mantienen activos toda la vida, aunque significan poco en comparación con el conjunto de la población neuronal. La formación de nuevas neuronas (neurogénesis) después del período embrionario, en el cerebro humano adulto, fue un descubrimiento importante, realizado por Fred Gage y Peter Eriksson en 1998 (antes se habían hallado en otras especies animales). En el Instituto Karolinska, otros investigadores suecos demostraron que se podían diferenciar las neuronas nuevas de las originales en los especímenes de autopsia. La contaminación atmosférica por las pruebas nucleares del pasado siglo hacía que las nuevas tuvieran mayor proporción de carbono 14 (isótopo radiactivo) que de carbono 12 respecto a las originales. El principal de estos nidos neurogénicos está en el hipocampo (en la porción denominada giro dentado). Nacen nuevas neuronas, con ritmos variables de producción. Este nido es importante para el aprendizaje, ya que en el hipocampo reside la función de consolidar la información nueva y transportarla a otras áreas, y también es importante para el mantener un buen estado de ánimo. Hay períodos de neurogénesis más activos y otros de relativo reposo (períodos quiescentes) en cualquier sujeto, pero cada estirpe de nuevas neuronas tiene una vida más corta.

Estímulos que activan la neurogénesis en el adulto y han demostrado efectos favorables sobre el ánimo y beneficio cognitivo en el aprendizaje (memoria), tanto en experimentos con ratones como en estudios humanos:

  1. Algunos de los modernos antidepresivos.
  2. Ayuno intermitente.

iii. Ácidos grasos omega-3 (Ω-3): ácidos eicosapentanoico (AEP) y docosahexaenoico (ADH), presentes en los aceites de pescados azules (salmón, sardina, anchoa, boquerón, chicharro, caballa).

  1. Flavonoides: sustancias pigmentadas de origen vegetal que pertenecen al grupo de los polifenoles. No aportan energía, pero tienen propiedades antioxidantes, vasodilatadoras, antiinflamatorias, antitrombóticas e hipolipemiantes, que las hacen recomendables para pacientes con problemas cardiovasculares. Abundan en la piel de algunas frutas, ya sean frescas (manzana) o desecadas (uvas y ciruelas pasas, higos y dátiles secos), verduras, té (sobre todo el verde), cacao y vino tinto.
  2. Curcumina: pigmento obtenido de un rizoma de la cúrcuma, planta procedente de la India. Forma parte del curry y se ha empleado desde tiempo inmemorial en la conservación y aromatización de los alimentos. Posee propiedades antioxidantes, antimicrobianas y antiinflamatorias (sobre todo a nivel de la pared intestinal, actuando como preventivo del cáncer de colon).
  3. Resveratrol: Polifenol no flavanoide, con potente acción antioxidante, presente en el pellejo de uva de color y abundante en el vino tinto.

Provocan la interrupción de la neurogénesis y, por lo tanto, son perjudiciales para la salud cognitiva una serie de factores.

  1. La inflamación crónica en general.
  2. La sobrealimentación y la proporción excesiva de azúcares y grasas en la dieta.

iii. El consumo de grasas trans.

  1. La toma crónica y abusiva de determinados fármacos con acción hipnótica y sedante, o efecto anticolinérgico.
  2. El alcohol en exceso.

Por otra parte, el comienzo de la enfermedad de Alzheimer debe tener estrecha relación con el final, por agotamiento, de la renovación neuronal en el hipocampo.

            30. ¿Se puede trasmitir la enfermedad de Alzheimer a través de intervenciones médicas o quirúrgicas?

El Alzheimer no es un mal contagioso, pero puede ser transmisible bajo circunstancias inusuales de inyección de péptido β-amiloide en un sujeto sano, como accidentalmente ha ocurrido.

No existe ninguna evidencia a favor del contagio de una persona enferma a otra sana, en la enfermedad de Alzheimer. Tampoco hay evidencia de la transmisión de la enfermedad por medios externos, como el aire o el agua, o a través de utensilios u objetos de uso normal. Por lo tanto, las personas que conviven con los pacientes, ya sean cuidadores, familiares, sanitarios o compañeros de habitación, no tienen ningún riesgo de contagio de Alzheimer. Basta con aplicar medidas apropiadas de higiene corporal y limpieza de cubiertos y baños. La atención personal de estos enfermos, en fases avanzadas, es más exigente, en la medida que controlen menos su aseo, olviden lavarse las manos o se resistan a mudarse de ropa.

Sin embargo, sí que se ha observado la transmisión del péptido β-amiloide de enfermo a sano, a través de un procedimiento iatrogénico (derivado de una actuación médica). El trabajo que sustenta esta hipótesis lo ha realizado un grupo de expertos del Reino Unido y se ha publicado en la prestigiosa revista Nature (10 de septiembre del 2015). Durante los años 60 y 70 del pasado siglo, muchos niños de talla corta recibieron, para mejorar su estatura, inyecciones de hormona del crecimiento humana, procedente de cadáveres. Pasados los años, cuando se hicieron adultos, aparecieron varios centenares de casos de enfermedad de Creutzfeldt-Jacob, de la cual murieron. La hormona inyectada procedía de una mezcla de glándulas hipofisarias de cadáveres, que se contaminó con la de algún fallecido con dicha enfermedad mortal. Desde 1985 se suspendió la utilización de la hormona humana, sustituida por otra de procedencia sintética. Sin embargo, aún siguen apareciendo casos mortales de enfermedad de Creutzfeldt-Jacob yatrogénica, en el Reino Unido, entre aquellos niños tratados con hormona de procedencia cadavérica. En las autopsias de seis de los últimos ocho casos, los investigadores encontraron, además de las lesiones cerebrales típicas del Creutzfeldt-Jacob, depósitos cerebrales y vasculares de proteína β-amiloide, tal cual ocurre en la enfermedad de Alzheimer. Los pacientes habían fallecido, tras un largo período de incubación, a edades comprendidas entre los 36 y 51 años, que no son las habituales del Alzheimer, careciendo de herencia o predisposición genética para esta enfermedad. Las lesiones de una y otra enfermedad iban por separado en los cerebros, predominando las de la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob, que era la causante de la muerte. En consecuencia, puede decirse que, del mismo modo que se había trasmitido la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob a aquellos niños a través de la hormona contaminada, igualmente se había trasmitido la enfermedad de Alzheimer. Ambas estaban en las hipófisis de alguno o algunos de los cadáveres que sirvieron para la preparación de las dosis de hormona del crecimiento humana.

La enfermedad de Creutzfeldt-Jacob forma parte de un grupo de procesos llamados encefalopatías espongiformes, debido a que afectan extensamente al cerebro, pero también al resto del sistema nervioso (médula espinal) y envolturas (meninges), glándulas y órganos anexos (hipófisis, ojos) y algunas vísceras. Los cerebros se llenan de vacuolas (vesículas microscópicas) dando al tejido un aspecto esponjoso (lleno de pequeños orificios). Algunos de estos procesos los padecen los humanos y otros los animales. Se creía que existía una especie de barrera entre especies, hasta que surgió el mal de las vacas locas, como consecuencia de alimentarlas con piensos compuestos, aprovechando restos ovinos contaminados por una enfermedad semejante. La fabricación de aquellos piensos en el Reino Unido fue una operación antinatural y fraudulenta. Lo que ocurrió, a través del consumo cárnico bovino, fue que la enfermedad pasó al hombre y hubo centenares de fallecidos en Europa, hasta que los controles sanitarios y el sacrificio masivo de animales enfermos interrumpió la cadena de trasmisión.

Todas las encefalopatías priónicas tienen en común lo siguiente:

(1) Son trasmisibles tras un período de incubación muy largo y acaban siendo mortales. La transmisión ocurre por medio de una proteína que forma parte de estructuras orgánicas normales, pero que al cambiar su configuración y plegarse o retorcerse se convierte en un prión, es decir, en una proteína infectiva. Son infecciones raras, en las que no media un agente vivo con genoma, como es el caso de los microbios (virus, bacterias) o los parásitos. Los priones cuando llegan al tejido nervioso de un individuo infectado (la mayoría de las veces, en el pasado, por acciones yatrogénicas), cambian la configuración de las proteínas allí residentes, de semejante composición, las cuales se convierten a su vez en priones. De este modo, se propaga la enfermedad por todo el tejido nervioso, produciendo una destrucción masiva de neuronas. El consumo de alimentos cárnicos contaminados con restos de tejido nervioso de animales enfermos fue algo que se conoció a partir de las vacas locas. Antes solo se sabía que en una tribu de Oceanía que practicaba el canibalismo, se había trasmitido por vía digestiva otra enfermedad del mismo grupo (kuru).

(2) Aparte de las formas infectivas, relativamente recientes, se conocen desde épocas anteriores las formas episódicas, en adultos de edad media o mayores, por mutaciones espontáneas de los genes, que en lugar de fabricar proteínas normales fabrican priones y las formas familiares, cuando las mutaciones se transmiten a la descendencia.

(3) El comportamiento invasivo, pero lento, de estas enfermedades y la destrucción neuronal que producen las asemeja a los procesos que llamamos neurodegenerativos, como el Alzheimer y el Parkinson.

Se sospecha que el péptido β-amiloide pueda tener, bajo determinadas circunstancias, un comportamiento parecido al de los priones, que causan las encefalopatías priónicas, aunque las lesiones del cerebro en el Alzheimer son muy distintas de las que aparecen en el Creutzfeldt-Jacob. Hay un experimento demostrativo de la transmisión de péptido β-amiloide del cerebro de un ratón enfermo al de otro sano. Se empieza por reproducir en el animal un modelo semejante a la enfermedad de Alzheimer, insertando en su genoma un gen humano de los que provocan la enfermedad hereditaria. Cuando el animal enferma y produce en el cerebro péptido β-amiloide, se inocula una muestra de su tejido cerebral en el cerebro de un ratón sano. Se comprueba después cómo la misma enfermedad se ha trasmitido al receptor.

En resumen, y concretando la respuesta respecto a la enfermedad de Alzheimer:

(1) No existe contagio de enfermo a sano, aunque se recomienda la higiene en la atención a estos y otros pacientes dependientes.

(2) Otra cosa distinta es la transmisión del péptido β-amiloide a través de procedimientos especiales, que no se dan en la vida ordinaria. Tampoco sabemos hasta qué punto la transmisión experimental (animales) o accidental (casos descritos de la hormona contaminada) reproducen exactamente la enfermedad de Alzheimer.

(3) Todas las enfermedades neurodegenerativas tienen en común el depósito de agregados proteicos, que varían según cada patología. Estas basuras metabólicas son neurotóxicas y producen muerte neuronal y ruptura de conexiones sinápticas. Las lesiones se acumulan más en unas zonas que en otras, pero siempre tienden a la progresión. Según los circuitos que estén afectados, aparecen diferentes síntomas, que también progresan. Es innegable el parecido que existe entre el comportamiento de los priones y el de las proteínas anormales que caracterizan las distintas enfermedades neurodegenerativas (Parkinson, Alzheimer, etc.). En todas ellas, las lesiones de forma lenta, pero inexorable, alcanzan cada vez mayor extensión. En el Alzheimer existe, como en el caso de la proteína priónica, una proteína precursora (β-amiloide) que forma parte de la estructura normal de las neuronas, siendo uno de los fragmentos (péptido β-amiloide) el que se acumula en el cerebro, causando un daño neuronal.

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